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domingo, 23 de febrero de 2014

Y entonces apareció él, el buenpadre.

Después de dar a luz lo veía todo más negro si cabía. Vale, ya no tenía un panzón, pero tenía un complemento que para los hombres que me cruzaba era como un repelente.
Mi prioridad siempre ha sido, es y será Diego, y eso había gente que no lo entendía.

Conocí a un chico que casualmente se interesó en mí, pero claro... Yo quería decirle que era madre de un precioso bebé cara a cara, ya que así podía sopesar su reacción sin que hubiesen malentendidos por el mundo 2.0.

Llevábamos hablando semanas y semanas todos los días, y yo se lo dejaba caer muchas veces 'romperse un hueso no es nada con el dolor que he pasado yo físicamente hace no mucho', 'yo antes dormía 14 horas al día y ahora no me puedo permitir dormir tanto' y demás pullas que le dejaba caer sin aparente resultado.
Una noche, sin rodeos me mandó un mensaje diciéndome '¿tienes un hijo?' a lo que logicamente le contesté que sí, y que cómo lo había sabido. Me dijo que estaba cantao y entonces yo le pasé una foto de mi bebé, a lo que me respondió que era precioso pero que (OJOCUIDAO) con un hijo es casi imposible tener un relación.
¿Perdona? Entonces qué pasa, ¿que yo me tengo que quedar soltera toooooda la vida ya?
Le contesté que por qué, que me diera una razón de peso, a lo que el me contestó: porque tu prioridad no voy a ser yo, va a ser siempre él.
NO-ME-DI-GAS.

El chico después de enterarse de que era madre.

Rompí a llorar, decepcionada, dolida, frustrada. JODER, CLARO QUE DIEGO ES MI PRIORIDAD, Y LO VA A SER SIEMPRE.
Me preguntaba cómo podía haber alguien tan sumamente egoísta, y no puedo describir como me sentí, rompí a llorar. 
Le dije que no siguiera, que no quería leer más gilipolleces, y ahí se quedó la cosa.

La gente parecía que sabía la parte mala del cuento, pero no sabía lo maravilloso que es un abrazo de un bebé, una mirada que no tiene un ápice de maldad, una sonrisa con la que se te van hasta los dolores, el que te agradezca el amor que le das sin necesidad de decir una palabra... Mido las cosas malas y las cosas buenas y ganan las buenas por goleada.

Entonces apareció él, apareció Néstor.



Sin conocerme de nada me felicitó en mi cumpleaños y le dijo a una amiga en común que yo le gustaba (sabiendo desde el minuto 0 que Diego existía).
Mi amiga me lo dijo a mí y yo le dije que no estaba mal, pero que yo ya estaba con el escudo puesto porsiaca.
Dudando mucho, le di mi teléfono y empezamos a hablar (yo super reacia por la mala experiencia anterior) pero poco a poco se iba ganando mi confianza y mi interés.
Días después dejé a Diego con una amiga y me fui a cenar con Néstor. 
Desde el primer segundo hubo complicidad, sonrisas, miradas, risas, conversaciones... Que hablaban por sí solas.
Después de cenar le dije que si le apetecía que recogiéramos a Diego, a lo que el me dijo que por supuesto, que tarde o temprano lo iba a conocer y prefería que fuera antes.
Lo recogimos y a Diego le encantó desde el primer momento, se dejaba coger y jugar con él.

Y ahí estaba, LA ILUSIÓN.

Me despertaba todos los días con ilusión, pero también con miedo, miedo a que me pasara lo mismo, o peor, miedo a que pudiera pasarle algo a Diego por mi culpa.
Pero cedí y confié, con pasos largos pero firmes, y seguimos y seguimos...
Tiene detalles conmigo y con Diego que yo solo creía que pasaban en las películas, detalles día a día, hora a hora y minuto a minuto.
Cuando estamos juntos él me pide bañar al bebé, le da la comida, lo viste, lo duerme, lo cambia... Hace todo, y lo más importante es que lo hace porque le nace, porque le gusta y porque él quiere.







Hemos tenido momentos geniales y no tan geniales como todas las parejas, pero eso nos hace fuertes y nos consolida todos los días.
Juntos vamos a enseñarle a Diego el valor del amor, del respeto, de la felicidad. Vamos a jugar, vamos a educarlo, vamos a ser muy muy muy felices.

Hoy en día estamos comprometidos, y en menos de un mes nos casamos. Va a adoptarlo, y no seremos una familia perfecta, pero somos una familia FELÍZ.

lunes, 17 de febrero de 2014

Diego me salvó, en todos los sentidos en los que puede salvarse a una persona.


¡Hola! 
Me llamo Mika, soy mamá primeriza de Diego, que nació un sábado, 15 de Diciembre de 2012 (actualmente, 14 meses de amor)

Tengo veinte años, y como casi todo el mundo pesaréis que soy una niña y que no sé nada de la vida. Seguramente también podríais llegar a pensar que mi madre/familia cría a mi hijo, que yo aún no estoy criada y un sinfín de tópicos que nos rodean a las mamás jóvenes.
Quien piense eso se equivoca con todo. Sé mucho más de la vida que una chavala de veinte años normal, por suerte o por desgracia me ha tocado vivir mucho en poco tiempo. 

Mi historia es la siguiente:
Me independicé con diecisiete añitos, me fui a vivir con mi entonces pareja, un DJ al que me amarré como un clavo ardiendo. A los tres meses de convivencia empezaron las peleas. Peleas fuertes y duras que no quiero y no me apetece recordar. Yo me distancié totalmente de mi familia y amigos por él. No voy a echarle la culpa de eso, porque de eso la culpa la tengo enteramente yo. Tenía una dependencia brutal a ese hombre, y llegó un punto en el que creía que mi vida iba a seguir en esa línea de infelicidad para siempre.

Entonces pasó. Al año de vivir juntos me quedé embarazada, y decidí tenerlo, porque ante todo ese pequeño garbanzo que crecía en mi interior era mi hijo.

Siempre he dicho que Diego me salvó, en todos los sentidos en los que puede salvarse a una persona. 
La noche en la que me enteré no pegué ojo... Pensaba mucho, muchísimo... Si era niña no quería que viera que su madre consentía los malos tratos de su padre. Y si era niño no quería que mamara de esa situación que hacerle semejantes cosas a una mujer estaba bien, que eso era lo correcto.

Gracias a mi madre y a una amiga conseguí despegarme poco a poco de él. Volví a casa de mi madre, ya que viviendo con él no podía asegurarme un plato de comida todos los días, de hecho había días que ni comíamos, y si lo hacíamos solía ser pasta o arroz... Y una embarazada se tiene que alimentar equilibradamente.

Los dos primeros meses que estuve separada de él me dí cuenta de que no lo necesitaba. Él no me acompañó a ninguna visita de matrona, tocólogo... Se despreocupaba totalmente, así que un día, tuvimos una pelea que llegó a más, y me armé de valor y lo dejé.
Se lió mucho, hasta tal punto que tuve que denunciarlo cuando estaba de 6 meses y medio.
16 meses de orden de alejamiento que hicieron que pudiera pasar el resto de embarazo medio tranquila.

Él renunció a su hijo, pero aun así, el 15 de Diciembre, cuando me puse de parto y llegué al hospital, le dije a mi madre que lo llamara y lo avisara.
Esto (entre otras cosas) hizo que mi parto fuera horrible, ya que estaba más pendiente de lo que estaba pasando en la sala de espera con él que de hacer correctamente los pujos, hasta tal punto que perdí el conocimiento y tuvieron que instrumentar.
Mi familia se cabreó conmigo por haberlo llamado, pero yo pensaba en Diego. Pensaba en que en un futuro él supiera que yo puse todo de mi parte para no separarlo de ese hombre.

Le puse sus apellidos, y las dos primeras semanas más o menos, yo le pasaba fotos, le decía de quedar para verlo, se lo llevaba en autobús hasta su casa (a 40 minutos de donde yo vivía...) pero poco después pasó lo que tenía que pasar, seguía con su vida loca, bebida, drogas, fiesta... Y yo con un bebé, sola. Me cansé de ir detrás de él.

Volvió a renunciar en Marzo, cuando ya tenía puestos los apellidos. Pero ya no había nada que hacer, no se puede renunciar a un hijo (legalmente) así como así. Me resigné y seguí mi vida con mi hijo, criándolo con mucho amor. No dejaba que nadie me ayudara, sabía que era mi responsabilidad y así lo hice. Yo le pagaba todo. Estoy orgullosa de decir que pese a mi juventud y por mi cabezonería, he podido mantenerlo yo, con mis ahorros y con lo poco que cobraba, cosa que hoy en día es dicifil con Mariano Rajoy como presidente.

Así que, por eso Diego me salvó, yo no sé donde estaría si no me hubiera quedado embarazada, pero prefiero no pensarlo. Ahora tiene catorce meses, y me lleva loca, pero no cambio a este torbellino por nada en el mundo.