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lunes, 6 de noviembre de 2017

AMIGDALECTOMÍA Y ADENOIDECTOMÍA. Extirpación de las amígdalas y vegetaciones.

Hace casi cuatro meses, operaron a nuestro hijo mayor de una amigdalectomía y de una adenoidectomía, es decir, le quitaron las amígdalas y las vegetaciones.






Diego tenía una una hipertrofia amigdalar de grado IV, el grado más grande de todos. Las dos amígdalas le chocaban, como podéis ver en la siguiente foto:




Nos dimos cuenta porque alrededor de los dos años, empezó a no ganar peso. No podía tragar y le costaba mucho esfuerzo comer trozos normales de comida, había que triturarlo o cortarlo en trocitos pequeños... Y eso no era lo peor, empezó a tener apneas mientras dormía. Al principio no suponían demasiado, dos o tres despertares. También roncaba. Recuerdo grabar audios a mi familia diciéndoles que era Diego el que roncaba y no creérselo. Era bestial, parecía un adulto.
Otro síntoma era que tenía infección absolutamente todos los meses. Su cuerpo dejó de tolerar ciertos antibióticos y nos costaba mucho que le bajara la fiebre, porque estaba ya hecho a ellos. Llegó un punto en el que al niño dejó de dolerle la garganta. La tenía completamente llena de pus y él ni se quejaba, nos enterábamos porque le subía la fiebre a 39-40 ºC.

Lo llevamos al pediatra varias veces (a infección por mes...) y, después de informarnos mucho, le sugerimos valorar la operación. Él decía que no, que las amígdalas eran una defensa natural del cuerpo y que en muchas ocasiones operarlo podría ser peor.

Pero con el paso de los meses, el dormir se convirtió en un auténtico calvario para todos, pero sobretodo para él. Las apneas llegaron a tener una duración de más de treinta segundos, dejaba de respirar completamente y tardaba más de medio minuto en volver en sí, con su correspondiente susto y llanto.
Volví a dormir con Diego, que ya dormía solo en su habitación. Yo también me asustaba y él necesitaba tenerme a su lado cuando se despertaba de esa manera tan brusca. Podía tener cuatro o cinco a la hora, aunque a veces dormía hora y media del tirón. Haced las cuentas e imaginad el infierno.

Seguimos visitando al pediatra. El niño, con tres años y medio, pesaba poco más de doce kilos. No comía, no dormía y nosotros no vivíamos. El doctor seguía tanteando antibióticos y poco más.

Unas semanas después nos mudamos a Murcia (todo lo anterior transcurrió en un pueblo de Alicante) y allí, tras algunas valoraciones y tras verle las dos pelotas de tenis que tenía por amígdalas, a la segunda infección con su correspondiente fiebrón, su nuevo pediatra no se lo pensó. Tenía que ser operado.
Empezó a mandarnos pruebas, análisis... Lo puso todo prioritario porque el niño estaba sufriendo, se veía apagado... Siempre estaba malo.

Le hicieron una endoscopia nasal, es decir, le metieron una cámara que parecía un spaguetti por los orificios nasales. Efectivamente, estaba todo lleno de vegetaciones, con lo cual el niño no respiraba bien ni por la nariz, ni por la boca. Después de esa prueba, todo fue más rápido porque, al costarle tanto respirar, nos dijeron que podía desarrollar daño en los pulmones por el propio esfuerzo.
La cosa se retrasó un poco, porque Diego ya tenía cuatro años y le correspondía el hospital general para la operación, pero como estaba tan bajo de peso, lo tenían que operar en el infantil, en el que la lista de espera era mucho más extensa.
Mientras tanto seguimos visitando al otorrinolaringólogo infantil, pasando infecciones, sin dormir y no cogiendo peso.
Aun así, no tardaron ni tres meses en llamarnos, fue todo bastante rápido, aunque la espera se hizo eterna.

Nos llamaron para hacer el preoperatorio. Lo pesaron, lo midieron, y le hicieron un análisis completo de sangre. Si todo iba bien ya nos llamarían para darnos fecha para operar.
Pero no, a las cuatro horas, estando yo trabajando, me llamaron del hospital. Uno de los parámetros del análisis había salido muy alterado, había que repetirlo al día siguiente. Yo empecé a preguntar que qué era lo que había salido alterado y empecé a llorar en medio del trabajo. Me dijeron que podía ser un falso valor, que no me preocupase y que al día siguiente fuera, esta vez con el niño desayunado.
Hicimos lo que nos dijeron, yo tenía un nudo y una preocupación que no he sentido en la vida.
Le hicieron otro análisis y a las cuatro o cinco horas me volvieron a llamar. Yo, al ver el número del hospital, antes de cogerlo ya me vine abajo. Me llamó la propia anestesista y me dijo que al niño lo tenía que ver el hematólogo, que me pasara por el hospital lo antes posible que ya tenía redactado el volante. Yo le dije que por favor no me dejara así, que ella era doctora, que me dijera qué pasaba. Ella me dijo que eso me lo tenía que decir el especialista, que ella no podía mojarse.
Empezamos a ir de un sitio a otro, visitas, pinchazos a Diego... A la vez teníamos las revisiones por un problema que tuvo en el riñón izquierdo, así que fueron unas semanas muy difíciles y con mucha incertidumbre.
El resultado de los análisis fue que Diego tenía la coagulación mal. El primer análisis pintaba muy feo. El siguiente, seguía pintando muy feo, pero mejoraba un poco. Y ya la última prueba, que era la definitiva, seguía saliendo alterada pero estaba lo suficientemente bien para poder ser operado.
Nos advirtieron que, por la gran zona a extirpar y el problema de la sangre, posiblemente entrara a quirófano dos veces, una para operar, y otra por la posible hemorragia que podía tener en las siguientes horas.

Totally, que a los pocos días ingresó.




Lo llevaron a la habitación y volvieron a pesar y medir, no lo iban a viar hasta entrar en quirófano, lo cual agradecimos bastante. A las tres horas lo bajaron y me hicieron darle un jarabe para atontarlo antes de la anestesia. A los minutos empezó a alucinar, decía que estaba en Egipto, que si yo no veía todas esas pirámides. Empezó a reírse, a cantar... Parecía un mini borrachito.



Aquí antes de tomarse el jarabe.

Aquí ya estaba en Egipto

Esa mañana operaban a una niña y a él. La niña entró antes. Estuvo veinte minutos dentro. Diego entró y estuvo una hora. La hora más larga de toda mi vida.
Cuando salió, seguía medio grogui después de la anestesia general. En la habitación ya se empezó a recuperar y a comunicarse ¡hablaba! Escuchar esa vocecita de pito, en ese momento era música para mis oídos. Hablaba poquísimo y muy flojito. No se quejaba salvo para decir que tenía hambre.




Pasamos la noche en el hospital y fue muy bien. No tuvieron que meterlo una segunda vez a quirófano, todo fue sobre ruedas. Él me pidió que durmiese a su lado, como en casa. Una auxiliar me reprochó dos veces el acostarme a su lado, la segunda, lo hizo al grito de "vaya madre" con sus compañeras. Me gritó a las cinco de la mañana que me bajase de la cama, despertando a mi hijo recién operado y haciéndolo llorar. Se llevó una hoja de reclamaciones, por supuesto.



Nos dieron el alta haciendo hincapié en que Diego no comiese cosas duras o muy calientes durante 7-10 días. Tomando la medicación a sus horas, apenas le dolía (y mirad que el cirujano nos dijo que era un dolor intenso y continúo, que tuviésemos paciencia los primeros días...) La primera semana tenía apneas esporádicas, porque la zona estaba inflamada. La recuperación después ha sido maravillosa, han pasado tres meses y aún tiene la voz un poco aguda, pero sólo ha tenido un catarro sin importancia, ha cogido más de tres kilos y las apneas han desaparecido por completo, por lo que por la noche descansa.

Dos días después de la operación. Todo lo blanco es la cicatriz.

Una semana después de la operación.

Tres meses después de la operación.
En diciembre tenemos la revisión, pero vaya, que está todo estupendamente. A nosotros esta operación nos ha cambiado y hemos ganado en calidad de vida.

lunes, 17 de julio de 2017

¿Por qué subo fotos de mis hijos a las redes sociales?

Últimamente estoy viendo mucha controversia por subir/no subir fotos de nuestros pequeños a las RRSS.

Yo, desde un principio, he subido fotos de mis fieras.







Ahora que Diego es más mayor, él decide si le gustan o no las fotos y a veces es él el que me pide que le eche una y la muestre.
De ahí a que ahora suba más fotos de Delia, la pequeña. Porque pueden pasar días sin que Diego quiera echarse una foto (y también días en los que quiera echarse treinta de golpe) y yo lo respeto.

Muchas veces se nos trata de irresponsables, y obviamente no estoy para nada de acuerdo.
No nos tendríamos que justificar, pero en ocasiones se nos recrimina, así que hago este post para contestar de golpe todos pos por qués.

Que hay mucha pederastia.
Es cierto, la hay. Pero –por desgracia– no solo en Internet. También puede haber pederastas por la calle. Y también pueden tener cámaras. Y también, cualquier persona, puede hacer fotos a nuestros hijos en el parque, en el super, en la sala de espera del médico o en cualquier sitio, sin que nosotros nos enteremos.
Y no es plan de que porque haya cuatro enfermos depravados, nos tengamos que privar de enseñar lo que consideramos lo más bonito de nuestro mundo y lo más maravilloso que hemos hecho en la vida.

Que hay gente que las coge y se hace perfiles falsos con las fotos. 
Esto no me ha pasado, pero lo que sí me ha pasado es que me han cogido una foto de mi hijo para pasársela a una persona que tengo totalmente bloqueada de las redes y de mi vida. Y denuncié a la policía, y aunque no podían hacer mucho porque la foto no mostraba las partes de mi hijo, (si hubiese sido así se les hubiese caído el pelo) les dieron un toque de atención y un susto que les hizo arrepentirse de lo sucedido. También he visto un par de veces lo de hacerse perfiles falsos, y ¿sabéis qué? me he dado cuenta de que siempre se culpa a la madre, al padre o a quien sube las fotos. Esto me recuerda a cuando una mujer lleva escote y minifalda y la acosan, se la culpa "por ir provocando". NO. Dejemos de culpar a las víctimas y denunciemos estos actos a la policía, que a diferencia de lo que se piensa la gente, sí que hace caso ante esta clase de denuncias.
Aunque se publiquen fotos, NADIE TIENE DERECHO A COGERLAS SIN PERMISO, eso es totalmente inmoral. Punto.

Que cuando sean adolescentes les puede dar vergüenza.
Hace veinte años, cuando se tenían las fotos en álbumes, recuerdo a familiares enseñándonos a amigos y pasándose las fotos los unos a los otros como si fueran cromos. Y nadie le daba importancia. Pues esto es igual. Yo publico una foto y al día siguiente nadie se suele acordar del vestido que llevaba Delia o del peinado que llevaba Diego.
Mi madre ha subido fotos mías que no me han gustado a Facebook y en cuanto le he pedido que las borre lo ha hecho. Y aunque no lo hubiese hecho, realmente para mí tiene poca importancia. Pero si en un futuro alguno de mis hijos quiere que su padre o yo borremos algo relacionado con ellos, lo haremos sin rechistar. Lo comprendemos y lo respetamos.

Entiendo profundamente a quien no enseña a sus hijos por las redes, y por eso quiero que se nos respete a quienes, meditadamente, decidimos hacerlo. No hemos tomado esta decisión a la ligera.

No obstante sí que consideramos que hay que tomar una serie de precauciones. Como por ejemplo:

  • No subir fotos de desnudos. Aunque en la playa, muchos bebés y niños van desnudos, (yo personalmente, también recomiendo no hacerlo) una foto es algo que puede estar mucho tiempo en Internet, así que, evitar mostrar sus partes, nunca está de más.
  • No subir fotos comprometedoras de las que se puedan sentir avergonzados. Yo, antes de subir una foto, me pregunto ¿Me gustaría encontrarme una foto mía en ésta situación en Internet? Un ejemplo, ahora con la operación pañal, es a niños haciendo caca, o incluso he llegado a ver las fotos de las cacas con título "¡mirad, su primera caca en el orinal!"
  • Nunca subir el lugar en el que os encontráis. Yo la mayoría de las veces publico en diferido o, si lo hago al momento, intento que no haya nada en la foto o vídeo que muestre nuestra ubicación. ¡En este aspecto cuidado con Snaptchat o Stories de Instagram o Facebook!
  • Tampoco subir fotos de los niños con el uniforme escolar o mostrar la matricula de nuestro coche. Nada que los(nos) haga localizables.
  • Bloquear todo perfil sospechoso. Yo he perdido la cuenta de todos los perfiles que tengo bloqueados. Siento si he bloqueado a alguien normal, pero en cuanto sospecho de algo le doy al botoncito. 
  • No subir fotos de otros menores sin el consentimiento de sus padres. Véanse fotos de funciones escolares, fotos de cumpleaños... Siempre hay que tapar la cara de otros menores si no se sabe si esos padres quieren exponer a sus hijos o no, y ellos son los que deciden. 
  • Otro consejo útil es poner marca de agua a las fotos. Es muy tedioso, pero muy útil también.

Hay gente que vive lejos de sus familiares o amigos, y es más fácil subir una imagen con el pie de foto explicando cómo estamos, que enviar la foto uno por uno. 
También pienso que nuestros hijos van a ver normal todo el tema de Internet, Redes Sociales, comunicación, blogs, YouTube... Los tiempos cambian, la tecnología sigue avanzando y todo esto se normaliza. Sólo hay que darse una vuelta por Facebook o Instagram para ver la cantidad de niños de diez-doce años que ya tienen perfiles en redes sociales. Es flipante.

Lo dicho, como siempre propago el respeto. Para todos.  Se puede estar o no de acuerdo, pero cada cual hace lo que considera oportuno en un momento dado, y ¿quién sabe si algún día decido dejar de mostrar a mis hijos? Eso sí, seguiré respetando opiniones contrarias.

sábado, 15 de abril de 2017

El sentimiento de rechazo a la Lactancia Materna.

Quién me sigue y me conoce sabe que soy una persona muy lactivista. Estudio para Asesora de Lactancia y defiendo y promuevo, siempre con estudios en mano, la importancia y los beneficios de la lactancia materna tanto en el bebé, como en la madre y hasta en la sociedad actual. Tengo libros relacionados con la lactancia, estoy al corriente de novedades y nuevos artículos de investigación y, como no podría ser de otra manera, mi hija pequeña y yo llevamos trece meses lactando.
Pero no todo ha sido así siempre. Yo no he sido así siempre.




Desde pequeña quise ser madre joven y desde pequeña me imaginaba amamantando a mis hijos. Pensaba que era un instinto innato y que era fácil, que el extra de la LM venía de serie en la maternidad cuando parías a tu cachorro.
En el embarazo de Diego no me informé, lo veía todo tan fácil, que pensaba que si tenía tantas ganas de dar pecho nada malo podía pasar.
Llegó el día, parí a mi niño y me di de bruces contra la realidad. Una realidad que nadie me contó y de la que yo no me informé. Una lactancia fracasada con muchísimo dolor que os cuento aquí.

Cuando salía a la calle y veía a mujeres amamantando, me invadía por dentro un profundo sentimiento de tristeza y rechazo. Cuando mis amigas, recientemente madres, le daban la teta a sus bebés, yo me sentía muy incómoda. Y lo que más me pasaba; cuando leía por internet o en alguna revista o consulta médica, información sobre lo buena, maravillosa y beneficiosa que era la lactancia materna... Me sentía atacada, me sentía ofendida y enseguida reprochaba. 
Acababa de dar por concluida mi lactancia con muchísimo dolor y, todo lo que veía a mi alrededor eran mamás super felices dando teta a sus pequeños.

Las miraba de reojo, porque aunque no quisiera verlas, sabía que realmente me encantaba lo que estaban haciendo.


Qué decir de cuando veía lactancias prolongadas... Pequeños de más de un año enganchados a su mamá... Ellas habían conseguido X meses/años de feliz lactancia con el sacrificio que ello conlleva y yo... Yo no había podido cumplir ni un mes. Cómo me flagelaba yo sola y cómo me culpaba a diario por no haber sido capaz.
De hecho, sólo tengo una foto mía dandole un biberón a Diego (la que encabeza el post). No quería ni echarme fotos, y ahora me doy cuenta de lo tonta que fui y del daño que yo misma me hacía.

Entonces algo cambió. Entonces me dije "basta, Mika. Aquí hay un problema y hay que ponerle solución, tú no eres así". Empecé a leer y leer y leer y leeeeeer... A informarme de la mano de pediatras, enfermeros, matronas, grupos de apoyo, grupos de maternidad y asociaciones. 
Ví que mi lactancia no había fracasado, que yo no había fracasado. Comprendí que se juntaron varios factores mezclados con una profundísima desinformación. Y entonces entendí, que los días que le había dado de mamar a mi hijo, lo había hecho lo mejor que sabía y podía y le había dado lo mejor del mundo. Lo mejor de mí. Que estaba sola y que mi entorno no me apoyaba, que un pediatra inepto me había mandado a la farmacia a comprar biberones y polvos y yo sólo le había hecho caso. 

Concocí a otras madres a las que les había pasado o estaban pasando por algo similar y me di cuenta de que este sentimiento es más normal de lo que nos pensamos, pero que se habla muy poco de ello por vergüenza y por temor a ser juzgada.
Y entonces pasó. Dejé de culparme y de llorar al preparar los biberones y cambié el chip. Ponía todo mi amor en cada toma y creaba el famoso vínculo con caricias, susurros, besos, nanas y amor mientras mi fiera se tomaba su leche.

Empecé a sentirme bien conmigo misma y a desterrar ese sentimiento de culpa que tenía tan arraigado dentro. Me costó trabajo, pero menos de lo que pensaba que me iba a costar. Hablaba a mis amigas embarazadas de todo lo positivo que tenía la leche materna y les intentaba informar para que alimentaran a sus hijos como ellas quisieran, pero siempre, siempre, repletitas de información fiable.

A los dos años y medio me quedé embarazada de mi hija y cuando di a luz y empecé a tener problemas con su lactancia, busqué ayuda. Ya sabía que las tomas no debían doler, ya sabía cómo tenía que ser un agarre correcto, ya sabía como distinguir una mastitis... Ahora solo quedaba poner la teoría en práctica, y estaba convencida que con una asesora iba a ser mejor y muchísimo más fácil.
Sólo me bastó ir un día a que me enseñaran a colocármela bien para que todo fuera rodado. Cero dolor, cero molestias, cero tabúes, cero desinformación y mucho, muchísimo amor.

Este sentimiento de rechazo es común, pero no por eso es bueno. Puede hacer daño a mamás que se pueden sentir juzgadas pero, sobretodo, nos hace daño a las personas que lo sentimos o lo hemos sentido. En mi caso me ayudó ver que no era peor persona por sentirlo, sólo tenía una herida dentro y tenía que trabajar un poco para curarla.

Otra cosa es la gente a la que simplemente no le gusta ver bebés comiendo de sus madres y, bueno... Es respetable aunque yo por ejemplo no lo entiendo. Pero si todos hiciéramos por respetarnos, el mundo sería un lugar mucho más bonito.

sábado, 4 de marzo de 2017

El año más intenso -y feliz- de mi vida.

El primer año de bimaternidad me ha enseñado muchas cosas.

Cuando me quedé embarazada de mi segunda, me creí sabida. Creía que llevando tres años en este mundo de pañales, biberones, lloros, fiebres, risas y juegos no me quedaba nada por aprender. ¡Qué ingenua!
Cuando el embarazo empezó a avanzar fui cambiando de idea. Mis hijos eran diferentes hasta dentro de mi vientre. Diego apenas se movía y Delia no paraba de darme pataditas en todo el día.

Si bien es cierto que tenía claro que iba a ser primeriza en muchas cosas, como en esto de la lactancia (aun no me creo que llevemos un año, ¡y lo que nos queda!), o en el porteo...
También es verdad que estando embarazada tenía claro que iba a darle purés a Delia, igual que hice con Diego; siempre dije que esto del BLW no era para mí, (aquí me reafirmo en que nunca jamás puedo decir ''de este agua no beberé'' porque me he tragado mis palabras como mi hija se come un filete sin triturar).
He cogido del metodo con el que crié a Diego lo mejor y lo he usado con Delia, y he cogido lo que no me funcionó y lo he cambiado. La maternidad es un constante aprendizaje.

Diego siempre será el primero, siempre será el que me enseñó a cambiar un pañal, el que me dio un motivo para salir de la depresión, el que curó mis heridas, el que me enseñó el amplio mundo de los cantajuegos y me hizo vivir una segunda infancia como madre al volver a jugar con los Playmobil's o al celebrar Halloween o Carnaval.

Aún recuerdo que el primer pañal que le puse al mayor se lo puse del revés 😇


Pero Delia... Delia volvió a poner mi vida patas arriba en el mejor sentido de la frase. Me ha cambiado igual que lo hizo su hermano hace cuatro años. La gente me dice que he tenido mala suerte porque no es como Diego, ella no duerme bien, tiene carácter, es guerrillera... Pero yo creo que he tenido la mejor suerte del mundo, porque me llevo la experiencia de dos polos opuestos y puedo hablar, con conocimiento de causa, de muchas, muchísimas cosas y vivencias.

Creo que la palabra que mejor define este primer año de bimaternidad es intenso. Ha sido un año intensísimo. Si llegar a todo con un hijo es imposible, con dos ya ni lo intento. He tenido las camas sin hacer muchos días y me he puesto una camiseta sin planchar en mil ocasiones, pero a mis hijos no les ha faltado una sonrisa en su cara. Y eso es maravilloso.

Un año después sigo sin creerme que soy madre de dos (¡y qué dos!) y cada día me reafirmo más en que son las dos mejores decisiones que he tomado en mi vida. Vaya aventura la de ser madre, vaya pasada... Aun con sus días malos, sus noches malísimas, la preocupación de que les pase cualquier cosa, el ahogo económico que supone mantener a dos personitas... En mi caso todo ha ido rodado, mi instinto ha avalado cada decisión tomada y todo ha sido de lo más natural. De lo más feliz.

Delia, hoy es tu día, hoy tú eres la protagonista.Y hoy ni tu padre ni yo podemos estar contigo.
Somos conscientes de que tú no te enteras, pero nosotros sí. Nosotros sufrimos nuestra propia ausencia y, en días como hoy, vamos a trabajar desganados y sin sacarte(os) de nuestra cabeza.
Hace un año, contigo ya en mis brazos, me imaginaba este día de una manera muy diferente, pero no pasa nada, porque mañana estaremos contigo y soplarás tu primera velita rodeada de la gente que te quiere, tú estarás disfrutando de más primeras veces, nosotros estaremos disfrutándote a ti. Feliz primera vuelta al sol, mi princesa. Le das a nuestras vidas un toque de locura y mucha, muchísima felicidad. Diego nos unió hace cuatro años, tú nos has reunido y conseguido que papá y yo nos enamoremos más el uno del otro.
Gracias por elegirnos.













miércoles, 22 de febrero de 2017

A mi cuerpo.

Cuánto le debo a mi cuerpo.

Cuánto le debo. Por crear de la nada dos placentas. Porque esas placentas alimenten a dos seres indefensos, vulnerables, frágiles.
A mi útero, por aguantar el peso de dos bebés durante treinta y nueve largas semanas. Por soportar el dolor de las contracciones, fuerte, intenso, rompedor. Por soportar, después, los entuertos, la cuarentena, la sangre.
A mis ovarios. Por producir y secretar los óvulos. Por soportar dolor durante varios días, una vez al mes, durante treinta años.
A mi espalda, por soportar la ciática, los calambres, las contracturas. Por soportar 12 kilos adicionales. Por levantarse de la cama todas las mañanas.
A mis piernas. Por andar cuando estoy agotada. Por correr cuando es necesario.
A mis pulmones, por llenarse de aire con cada respiración. Por ayudarme a relajarme cuando estoy nerviosa. Por ayudarme a llevar el oxígeno a la placenta y así, ayudar a mis hijos también.
A mi pelvis. A mi cadera. A mi canal de parto. A mi vagina. Por abrirse ante una nueva vida. Por soportar tres kilos saliendo hacia la luz. Por soportar una incisión y más de veinticinco puntos. Por curarse. Recomponerse. Por hacerme sentir poderosa, grande, viva.
A mi hipófisis. Por segregar y regular hormonas tan importantes como la prolactina o la gonadoliberina.
A mis pechos. Por alimentar a mis hijos. Por nutrir mi alma. Por soportar las subidas a deshoras. Por trabajar cuando quieren descansar. En ocasiones por soportar grietas, mastitis, ingurgitaciones.
A mis ojos. Por aguantar abiertos a las 5 de la mañana. Por permitirme ver lo más bonito que he hecho nunca. Por soportar los ríos de lágrimas en días duros, en noches largas.
A mi boca. A mis cuerdas vocales. Por permitirme cantarles las nanas más dulces. Por permitirme decirles cuánto los quiero, cuánto los necesito.
A mis labios, porque gracias a ellos puedo besar, besarlos.
A mis oídos, por escuchar los llantos a media noche. Por permitirme oír el sonido más maravillosos del mundo, su risa, sus carcajadas.
A mi nariz, por recibir el olor a bebé, a comida recién hecha, a las flores que me regalan o a café por las mañanas.
A mi cabeza, a mi cerebro. Por no permitir que los pensamientos negativos me ahoguen. Por su fuerza. Por caer en la depresión y por demostrarme lo fuerte que soy al salir de ella. Por permitirme estudiar, trabajar y criar al mismo tiempo. Por no volverse loco con tanto estrés. Por hacerme saber cómo organizarlo todo bien, aunque a veces esté sumida en un profundo kaos. Por soportar la falta de sueño, las noches sin dormir.
A mis estrías. Por recordarme todos los días de lo que he sido y soy capaz. Porque no me molestan. Porque las veo bonitas.
A mis brazos. Por permitirme rodear con ellos a la gente que quiero. Por soportar las agujetas al estar todo el día cargando a mis niños.
A mis dedos. Porque gracias a ellos puedo hacerles cosquillas, acariciarlos.
A mis rodillas. Por permitirme ponerme a su altura. Hablarles de tú a tú. Jugar en el suelo. Agacharme a curarlos, a besarlos, a tomarlos.
A mis muslos. Porque mis hijos se sientan en ellos. Se duermen en ellos.
A mi estómago. A mi aparato digestivo. Por soportar que haya días que no tenga tiempo para comer. O que en ocasiones solo pueda malcomer.
A mi piel. Por todo lo que ha soportado. Por las heridas que se han curado. Por las cicatrices que me ha dejado. Cada una es una historia, un recuerdo. Está bien recordar.
A mi corazón. Por seguir latiendo. Por latir por ellos.




Gracias a cada poro, a cada célula, a cada marca, a cada órgano. Gracias por hacer que lo que estoy viviendo día a día sea posible. Gracias por ser fuerte, poderoso.
Porque cuando pienso que no puedo más, miro lo pasado y veo que sí. Que siempre puedo.



jueves, 2 de febrero de 2017

Ser madre trabajadora y no morir en el intento.

Hace tres meses me reincorporé al mercado laboral después de dos años criando.
Me quedaban dos meses de subsidio y con un sueldo mileurista era imposible subsistir los cuatro.
Me ofrecieron una oferta en la que, de ser necesario, podían llevarme a Delia al trabajo para que mamara. Pese a prometerme a mí misma que nunca volvería a la hostelería, acepté.

Delia tenia siete meses y tomaba lactancia materna casi exclusiva, ya que estábamos empezando con BLW y aún no sabía comer mucho.          
Yo no tenía banco de leche. Delia no había sido capaz en siete meses de beber ni un mililitro de mi leche a través de un biberón, pese a probar varios tipos y tetinas distintas. Teníamos uno que nos habían regalado sin probar, y era nuestra última esperanza.

El día de antes me enchufé el sacaleches. Me tiré casi tres cuartos de hora para sacarme 30 ml. Iba con la presión de dejarle a mi niña un biberón entero, y yo sola, poniéndome nerviosa y estresándome, hacía que no me saliera casi nada.
Pero un casi nada más otro casi nada, hacen un poquito. Y un poquito más otro poquito hacían casi medio biberón. Fui mezclando todo y le dejé 120ml. Como ella nunca había tomado lactancia en diferido, no sabía qué cantidad tenía que prepararle, así que los primeros días fuimos tanteando.
Para juntar dos extracciones deben de estar a la misma temperatura y corresponder a las mismas 24 horas.


Mi rutina. Un truco para que salga más leche es extraer con el bebé al otro pecho, con extra de oxitocina siempre es mejor.


Al día siguiente me fui con el llanto de mis dos hijos en la cabeza. El mayor no entendía que después de dos años dedicándome a él me tuviera que ir. Me decía que no lo hiciera, que me quedara a su lado. La pequeña también lloraba sin consuelo.
Llegué al trabajo y cuando me dieron el uniforme me fui directa al baño a llorar. Estuve así cerca de un mes. Conforme llegaba, lloraba. Cuando pasaban cuatro horas y me daban las subidas volvía a llorar. Qué duro era saber que mi niña estaría encantada de estar mamando en ese momento...
Llegaba a casa sobre las 00:30-1:00 y, aprovechando que todos dormían yo me sacaba la leche del día siguiente. O parte, porque la mayoría de las veces la tenía que mezclar con la de la mañana.

El primer mes fue horroroso. Lo pasé francamente mal y pensé en tirar la toalla mil y una veces todos los días... Apenas comía, realmente lo que hacía era malcomer. iba a base de galletas Tosta Rica y nueces. Perdí más de dos kilos... Pero pensaba que todo era por ellos y seguía. Seguir cuando crees que no puedes más es lo que te hace diferente a los demás.

También se me juntó que acababa de empezar el curso de Asesora de Lactancia, así que compagino todo como puedo, también he retomado la autoescuela y tengo proyectos en mente, intento organizarme y tener tiempo para todo(s) pero hay días en los que es imposible.


La conciliación del s.XXI


Otra parte muy difícil fue la búsqueda de niñera. Hicimos un montón de entrevistas por teléfono y seleccioné las que mejor podían encajar con los niños. Buscábamos alguien cariñoso, con conocimientos en primeros auxilios (ya que Delia estaba empezando a comer sólidos y no queríamos renunciar a este método), alguien dulce y a la vez firme de ser necesario, que sepa poner límites pero con cariño. Alguien a quien, obviamente le gustaran los niños y tuviera experiencia con ellos. Pago la hora a la niñera más de lo que yo la cobro porque considero que su trabajo es mucho más importante que el mío, así que hay días en los que voy a trabajar prácticamente para pagarle a ella, aunque intentamos cambiar turnos y que Nestor, mi suegra, mi cuñado, mi hermano o mi madre también se queden con los pequeños para que esto no pase mucho, ya que es muy frustrante.

Los dos años que estuve dedicándome en cuerpo y alma sólo a mis hijos fueron maravillosos a la par que cansados. La casa muchas, muchísimas veces se me venía encima. Recuerdo que las últimas horas del día eran las peores... El cansancio acumulado, el no dormir sumado a hacer cenar, baños, dormir a uno, dormir a la otra... Cuando por fin lo conseguía siempre se despertaba uno de los dos y me reclamaba.. Fueron meses muy duros, pero ojalá pudiera volver a ellos. A veces siento que no los aproveché del todo y ahora me arrepiento. 

Ahora llego al trabajo y cada vez que veo a una mamá con un niño me lanzo a esa mesa. Mis compañeros se ríen y siempre lo comentan.
Realmente cuando estoy trabajando desconecto y aunque esté más cansada físicamente estoy más descansada psicológicamente. Pero cuando alguno de los dos está malito todo se desmorona dentro de mí, y aunque estoy segura de que los dejo en buenas manos... Sé que para ellos, como las mías no hay ningunas.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

EXTEROGESTACIÓN O EXOGESTACIÓN, ¿QUÉ ES?

NUEVE MESES DENTRO, NUEVE MESES FUERA.

La gestación de un ser humano dura aproximadamente cuarenta semanas, considerándose un embarazo a término a las treinta y siete.
No obstante, cuando el embarazo concluye y el bebé nace, se necesitan otros nueve meses para que su desarrollo se complete.

Los primeros meses son muy duros. El pequeño, que hasta hace nada lo tenía todo dentro del útero, ahora necesita a alguien para comer, moverse, asearse... Y la única forma de hacernos saber que le falta algo es llorando.
Todos los que somos padres sabemos que puede llegar el punto en el que te duelan los brazos de cargar todo el día a tu hijo. Pero eso es lo que necesita, tanto como el comer.





La antropóloga Werida Trevathan afirma que debido a la bipedestación humana, el embarazo de nuestra especie se ha adelantado varias semanas con respecto a hace miles de años para que la cabeza del feto pueda salir con éxito por el canal de parto. La gestación humana debería de durar más, pero si la cabeza y cerebro del feto siguieran creciendo dentro del útero al ritmo que lo hace fuera, sería imposible que saliera por el canal vaginal, con lo cual, la gestación tiene que completarse fuera.

Nuestros bebés nacen con el 25% del cerebro desarrollado, que es muy poquito (los simios, por ejemplo, nacen con el 50% de desarrollo). En los siguientes meses de vida, éste establece millones de conexiones neuronales gracias a los estímulos externos (la voz de sus figuras de apego, los masajes, las risas, el contacto piel con piel...)
Seguro que todos habéis visto alguna vez una foto de un canguro con su cría en el marsupio (la bolsa que tienen delante). Esto es debido a que las crías de los marsupiales nacen en un estado de desarrollo muy incompleto, para el que es necesario el "porteo" y la cercanía de su madre.
A nosotros nos pasa igual. Necesitamos ese contacto.

Cuando finaliza la exterogestación, el desarrollo psicomotriz del niño adquiere una mayor capacidad, que es, en su mayoría (que no siempre), cuando empiezan a gatear, a desplazarse o a intentar ponerse de pie, alrededor de los nueve meses.

Para mí esta etapa tan sumamente agotadora es de las mejores. Cambian por días, crecen por segundos. Por eso no se deberían separar de sus padres (o en defecto de su madre) durante este tiempo. Es cuando se fortalece más el vínculo y sus cambios son casi diarios.

Éste mes mi hija cumplió sus nueve meses y, mirando las fotos, veo la magia que somos capaces de crear.
Cuando estoy extremadamente cansada y casi al límite intento repetirme a mí misma que los días son largos, pero los años son cortos. Y que tengo que exprimirlos, porque cada día que pasa son más mayores, más maduros y más independientes.